Por: María Fernanda Carranco

Hubo una vez en que existió una pajarita que amaba surcar los cielos, sus alas rojas le ayudaban a navegar las corrientes de aire y la llevaban a doquiera que ella quisiera estar. Viajó a lo largo y a lo ancho de los siete mares, voló a través de las montañas nevadas y los vastos bosques, entre cañones, pueblos y ciudades conociendo el mundo y haciendo siempre lo que su corazón dictaba. Un día mientras atravesaba una tormenta en un bosque, volaba desesperada por encontrar refugio en algún sitio, al no ver bien el camino terminó atravesando un árbol y chocando con sus ramas se rompió un ala y se desmayó cayendo casi al fondo de la copa del árbol. El árbol era un fuerte roble oscuro, medía al menos unos seis metros y era tremendamente grueso, su follaje era frondoso y obscuro como jade. Al ver a la pajarita herida estiró sus ramas para cubrirla de la lluvia y evitar que muriera, se deshizo de una de ellas para usarla como soporte y usó sus hojas para vendarle el ala rota. Pasó la tormenta y la pajarita despertó, el roble estaba muy apenado con ella por haberla lastimado así que se ofreció a cuidarla mientras se recuperaba de su ala, ella insistía en que debía volver a volar pronto pero claramente no podía, estaba demasiado lastimada, además de eso ella era la única que se sentía culpable por haber chocado con él. Al final tuvo que aceptar la propuesta del roble, él cuidó de ella con la ayuda de una amiga suya, una pequeña ardilla que recolectaba sus frutos y ayudaba a la pajarita a comer. Pasaban los días y su ala comenzaba a mejorar con las muchas atenciones del roble, la pajarita extrañaba muchísimo los cielos pero tenía un conflicto consigo misma pues comenzaba a acostumbrarse a estar con el roble y quería tenerlo por siempre en su vida. Comenzó a dudar, sabía que al recuperarse su corazón la llevaría al cielo otra vez pero, por otro lado, también su corazón la llamaría a quedarse ahí. Se habían construido dos bandos dentro de su corazón, el bando del aire que luchaba por volver a volar y el bando en tierra que ataba a la pajarita al amor del cálido roble, uno jalaba al otro, uno atacaba al otro y ninguno de los dos convencía a la pajarita de lograr hacerla completamente feliz.

Cuando llegó el día en que su ala estuvo completamente curada la pajarita voló un poco para despejar su mente, sabía que lo que más amaba era estar en el cielo pero mientras estaba ahí arriba sólo podía pensar en querer volver con el roble y contarle todo lo que había visto desde arriba, así, decidió que si quería estar con él tendría que hacer su nido ahí y así podría quedarse con él para siempre, aunque no pudiese volar de nuevo demasiado lejos. Cuando volvió decidió hablar claramente con él, y explicarle lo mucho que quería quedarse a su lado, cuando le confesó su decisión el roble respondió: “Querida, me alegra mucho que quieras quedarte conmigo, en serio, no hay nada que pudiese hacerme más feliz, pero tu perteneces al cielo, he visto desde el día que llegaste lo mucho que amas estar ahí y cuanto anhelabas poder volver, no deberías detenerte por mi culpa. Por otro lado, incluso si aceptara que te quedaras conmigo no podría ser para siempre, pues mi tronco está podrido y apenas queda una carcasa de madera de mi, no duraré lo suficiente para compartir la vida contigo, después de todo, siempre estaré atado al piso. Esa es la vida que nuestra Madre Naturaleza escogió para mi y no tengo idea de la cantidad de cosas que pueda haber allá afuera.” La pajarita estaba un poco decepcionada y triste, lo último que quería era que el roble muriera. Entonces decidió pagarle el favor que él le había hecho y se fue prometiendo volver lo más pronto que sus alas se lo permitieran.

Voló a un pueblo no muy cercano, cruzando el bosque y el río, a través del paso del cañón y el sendero de la montaña nevada llegando por fin a la casa de un viejo amigo suyo: El juguetero. Al llegar ahí le explicó la situación y le rogó que la ayudara, el buen hombre aceptó sin dudarlo un minuto pues “era lo menos que podía hacer por una gran amiga” y la acompañó de vuelta al bosque.

Cuando por fin llegaron al roble comenzaba a notársele la podredumbre en las raíces, se veía enfermo y tosía tan fuerte que todo el bosque retumbaba. El juguetero se acercó a él junto a la pajarita y le dijo “Yo puedo convertirte en lo que sea que desees ser, sin embargo, ten en cuenta que será sólo en apariencia. ¿En qué quieres convertirte?”. El roble lo pensó un poco, incluso si se convirtiera en alguien que pudiese surcar los cielos, ¿Sería realmente capaz de hacerlo? Desconocía totalmente lo que pudiese esperarle afuera, pero si sabía una cosa: Había alguien que le ayudaría a descubrirlo. Entonces con voz firme contestó: “Quiero ser un pequeño avión, capaz de surcar los cielos.” El juguetero sonrió y se dispuso a trabajar. Tomó sus herramientas trabajando duro día y noche para lograr salvar la mayor cantidad de madera posible y hacer un avión de gran calidad. Al final, logró crear una gran obra maestra, un avión rojo que podría volar incluso en una tormenta. El roble, ahora avión, tremendamente agradecido le regaló al juguetero toda la madera que sobraba diciéndole que si la vendía podría obtener buen dinero de ella, el juguetero agradeció y se fue a casa con la madera sobrante.
La pajarita y el avión se miraron el uno al otro sonrientes, surcarían los cielos juntos en búsqueda de la frontera del amor en el cielo.

El amor puede venir de cualquier sitio, en cualquier forma, cantidad, color y tamaño. Puede venir de un amigo que te apoya cuando lo necesitas, sin esperar nada a cambio, o de alguien que apenas conoces y sin embargo hace lo que esté en sus manos por ti, incluso de lugares inesperados como corazones diferentes. Lo importante del amor es, más que saber recibirlo, saber darlo incondicionalmente a todo aquel que puedas rebasando tus propias fronteras. Atrévete a hacer cosas diferentes, a tener los pies en la tierra y la cabeza en el cielo, a cambiar por amor porque nunca sabes lo que el amor hará por ti después.

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