La princesa del mar.

Cuento original por María Fernanda Carranco

Hacía mucho tiempo, más tiempo del que las culturas más antiguas puedan recordar existió un gran reino donde, naturalmente, había un rey, un hombre misericordioso y amoroso, una reina, una mujer bellísima como la misma luna, y una pequeña princesa, que recién comenzaba a contar sus días de vida.
En este reino las cosas no marchaban muy bien, el rey había sido un iluso y había caído en una estafa enorme. Su reino sufría, la gente era pobre y él no sabía que hacer. Un día mientras paseaba por la plaza en el centro del reino un viejo mercader se acercó a él, un poco desesperado le dijo -Mi señor, la gente está sufriendo y veo que usted también. Se que es un gran rey y que usted siempre escucha la voz de su pueblo. Por favor, ¿Podría escuchar la petición de este pobre anciano?-.
A lo que el rey contestó -Hable usted, buen hombre.-
-Nuestro pueblo está sufriendo mucho mi señor, todos estamos sufriendo. Ayer mientras pescaba para conseguir la venta del día tuve una visión en alta mar. El mismísimo Hai Re se acercó a mi y me dijo que cuando viera a mi señor el rey le dijera que él podía ayudarle con el problema que tenía en el reino y heme aquí, hablando con usted así como Él me lo pidió mi señor.- el anciano hizo una reverencia y prosiguió.- Mi señor, de verdad espero que pueda hablar con Él y el reino prospere.-
-Gracias por tus palabras, ciudadano. Veremos que se puede hacer.- el rey se alejó y volvió a prisa al reino a contarle a su esposa lo que le había sucedido en el pueblo.
La reina estuvo de acuerdo en que debían escuchar al hombre en el pueblo tomando así la decisión de embarcarse a rezar en alta mar, y así lo hicieron y así como dijo el hombre el Dios del Mar, Hai Re se hizo presente frente a la familia real.
-Las olas acarrean los llantos de todos aquellos a los que has decepcionado, Rey de León. Prueba el agua de mi mar, es salada como las lágrimas de tu pueblo.- comenzó a hablar la deidad acuática que había salido de entre las olas.
-Lo sé, no merezco ser la cabeza de un reino al que yo mismo hundí.- contestó el buen rey.
-Tu amor por tu pueblo me ha hecho considerar el ayudarte, pero como bien sabes, todo tiene un precio y para poder ayudarte necesito que me prometas algo a cambio.- hablaba con una voz tranquila, serena, como el sonido de las olas rompiendo en la costa.
-Lo que sea por mi reino.- dijo el rey arrodillándose ante la deidad.
-En ese caso, toma mi tesoro. Esto debe sacarte de todo apuro que puedas tener durante los próximos diez siglos, pero a cambio, debes prometerme el amor de tu única hija.-
El rey comenzó a dudar, pero al final decidió acceder a la propuesta del dios del mar prometiendo a su hija con él. Pasaron los años y el reino prosperó, volviéndose uno de los más grandes y poderosos de toda China, mientras tanto, la princesa crecía y crecía acercándose más al día prometido para ser entregada al Dios del Mar. El rey amaba demasiado a su hija y no podía decirle la verdad sobre su destino, se dedicaba a retrasarlo y no conseguía sacar la verdad.
La princesa disfrutaba mucho de pasear por la costa, amaba el sonido de las olas y a veces decía escuchar canciones y poemas en el sonido del mar. Las olas siempre le llevaban regalos como animales marinos y conchas para su colección u objetos brillantes y siempre decía que el atardecer y amanecer se veía mucho más hermoso desde la playa. Conforme iba creciendo la princesa se volvía más y más linda y amorosa, amaba al pueblo, al reino, a su padre y madre, al cielo, a la tierra y cuantimás amaba el mar.
El día de su cumpleaños número 15 la princesa paseaba en la costa al anochecer cuando se encontró con alguien, era un muchacho de su edad, algo moreno con el cabello un poco largo y lacio y unos enormes ojos azules iguales a lo más profundo del océano, vestía igual que cualquier campesino. El muchacho sin decir una palabra se acercó a la princesa, le tomó la mano y haciendo una reverencia se la besó sonriéndole. La princesa le preguntó su nombre, nerviosa, su corazón comenzaba a latir fuertemente. El muchacho se acercó a ella un poco más y le susurró al oído “Amor”. La princesa le sonrió y llevó su mirada al mar, el chico volvió a besarle la mano y después de otra reverencia le dijo “volveremos a vernos, princesa” y se fue corriendo hacia el pueblo.
Al volver a casa la princesa le contó a su madre todo lo que había pasado -¡Estoy enamorada! ¡Madre, me he enamorado!- repetía incansablemente entre risas. La reina sonreía preocupada.
La noche siguiente la princesa volvió a salir por la noche a pasear a la costa, para ver si volvía a ver al muchacho del día anterior. Pasaron varias noches en las que ambos se encontraban en la costa, conversaban el uno con el otro y se conocían hasta que un día el muchacho le dijo que tenía algo muy importante que decirle.
-Yo te amo.- dijo él.
-Yo también te amo.- contestó ella.
-Entonces tu padre debe aprobar nuestro amor, tu sabes, no soy una mala persona y te amo con todo mi ser, mi vida misma te pertenece. Mañana mismo hablaremos con él.-
Ella asintió y fijó una cita para él con su padre al amanecer. Al llegar ahí el rey miró al muchacho preocupado, sabía que sólo era un muchacho del pueblo y que no tendría nada para ofrecerle a su hija.
-Señor, yo le juro que amo a su hija con todo mi corazón y que mi vida siempre le pertenecerá a ella.- dijo el muchacho con voz serena.
-Tu eres hijo del pueblo, no puedes ofrecerle a mi hija lo que ella necesita.- contestó el rey.
El muchacho hizo una expresión molesta y se acercó al rey, los guardias del castillo intentaron detenerlo pero ni si quiera pudieron tocarlo pues el muchacho tenía una especie de aura que impedía que se acercaran a él. Tomó al rey por el cuello de la camisa y le gritó -Así que no puedo ofrecerle lo que necesita ¿eh? ¡Eres un maldito mentiroso! Dijiste amar a tu pueblo, dijiste que harías lo necesario por salvarlo pero sólo te querías salvar a ti. Debería ser suficiente para ti alguien del pueblo, si puede darle el amor que ella desea. Ya veo, eres de ese tipo de personas. Está bien, no me importa, después de todo tu y yo teníamos un trato. Tu me vendiste a tu hija y lo quieras o no… ¡me la voy a llevar!-. Los ojos del muchacho comenzaron a brillar fuertemente, un tormenta comenzó dentro de ellos. Levantó las manos y los cielos temblaron y los mares rugieron y todo cayó dentro de la tormenta en sus ojos. El reino, junto con todos se comenzó a hundir en el mar y la princesa lloraba.
-El mar ahora será más salado por las lágrimas de tu hija…- le susurró el muchacho al rey.- El mar ahora será tu hogar.-
Tomó a la princesa en brazos y se la llevó fuera del castillo que se inundaba lentamente. El rey sonrió y le gritó -¡Gracias por salvarme, mi Dios!- y se sentó en el trono esperando a que el resto del reino se hundiera.

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